De incógnito y sin protocolo: Los reyes de Bélgica en las Descalzas Reales

Procesión del Domingo de Ramos en el claustro del Monasterio de las Descalzas Reales, Madrid

“Claustro del Monasterio de las Descalzas Reales, Domingo de Ramos 2026”

Ir a misa el Domingo de Ramos en las Descalzas Reales y encontrarse con los reyes de Bélgica como dos fieles más no es frecuente, pero tampoco imposible en Madrid, ciudad dada a estos prodigios discretos.

Un hilo histórico que atraviesa cinco siglos

Días atrás había escrito sobre Juana de Austria e Isabel Clara Eugenia, tía y sobrina, ligadas al monasterio y a aquellos Países Bajos españoles del siglo XVI de los que formaba parte la actual Bélgica.

La discreción de quien sabe estar

Frente al sepulcro de Juana de Austria, los soberanos asistían a la misa con discreción, sentados en primera fila junto a otros fieles. Ningún gesto extraordinario, ninguna distancia impostada: solo la sobriedad de quien sabe estar.

Quizá habrían pasado desapercibidos de no ser por el rito de la bendición de los ramos de olivo. Como es tradición, los asistentes se desplazaron hacia el claustro para la procesión. Fue entonces cuando la cercanía se hizo visible. Yo misma cedí el paso a la reina Matilde, que aguardaba con una cortesía serena, sin prisa ni aspavientos. Su estatura, cercana al metro ochenta, y una elegancia sin afectación la distinguían sin necesidad de protocolo. El rey tomó posición unos pasos por delante.

La celebración, entre liturgia y arquitectura renacentista

La celebración, cantada por las monjas clarisas de clausura. La iglesia, de traza renacentista, sobria en su fachada y rica en su interior, se elevaba bajo su bóveda de cañón con lunetos, atribuida a Juan Bautista de Toledo, mismo arquitecto que inició el Monasterio de El Escorial.

Oficiaba la misa el cardenal arzobispo emérito de Madrid, Carlos Osoro, revestido con casulla roja, el color litúrgico propio del Domingo de Ramos, símbolo de la Pasión. Cubría su cabeza con la mitra en los momentos solemnes, alternándose con el solideo, conforme al ceremonial. No había ostentación, sino continuidad: la liturgia y la historia no se improvisan.

El patio de granito y la atmósfera del incienso

Del antiguo palacio aún se conserva el zaguán y el patio de columnas de granito, que los asistentes recorrimos en procesión. La luz descendía desde lo alto, tamizada por el incienso que dibujaba en el aire una atmósfera suspendida, casi irreal.

Por un momento, el siglo XVI y el XXI se dieron la mano sin estridencias: la España imperial, los Países Bajos, la corte, la fe… y dos reyes contemporáneos caminando, sencillamente, entre los demás. Y nadie pareció sorprendido.

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