
Se le atribuye a Isabel de Trastámara el movimiento de la reina en el juego del ajedrez. El juego había nacido en el siglo VI, pero fue en el siglo XV, en plena Edad Media y no por casualidad en España, cuando la antigua alferza —del árabe, consejero del rey— cambió de nombre y de naturaleza: se convirtió en dama y, al hacerlo, recibió un movimiento que la transformó en la pieza más poderosa del tablero.
La modificación de reglas. Fue una declaración cultural. A partir de entonces, la dama-reina adquirió el desplazamiento más libre en el campo de juego, el único capaz de recorrerlo entero. Donde antes había contención, apareció la iniciativa; donde había subordinación, surgió el centro. El poema valenciano de 1475 Scachs d’amor celebró esa transformación al asignar a la dama los atributos del poder soberano: la espada, el cetro y el trono. El ajedrez, reflejaba la época que transitaba.
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