
El emperador Carlos V, el hombre más poderoso del siglo XVI por su riqueza, la extensión de sus territorios y su influencia política, se casó en Sevilla con la princesa Isabel I de Portugal, el once de marzo de 1526. Él tenía veintiséis años. Ella, veintidós. Nunca se habían visto antes.
Con motivo de la boda de Carlos V y Isabel de Portugal, Sevilla organizó un solemne recibimiento, articulado en torno, a la construcción de siete arcos triunfales, a lo largo del recorrido ceremonial por la ciudad. Estas estructuras, formaban parte de un ambicioso programa humanista, destinado a exaltar las virtudes del emperador como modelo de gobernante ideal, inspirado en referentes clásicos y mitológicos.
Cada arco encarnaba valores fundamentales como la Prudencia, la Fortaleza, la Clemencia, la Paz, la Justicia y las virtudes teologales, culminando en un último monumento consagrado a la Gloria, en el que se ensalzaba simbólicamente la grandeza y dignidad de los soberanos.
Carlos había nacido en Gante, en los Países Bajos de los Habsburgo. Isabel, en Portugal. Eran primos, nietos de los Reyes Católicos, hijos de Juana I de Castilla y de María de Aragón. Pertenecían a la misma historia, sin haberse cruzado nunca en ella.
Su unión fue concebida como un pacto necesario: Isabel conocía la problemática de la península Ibérica, la lengua y aportaba una valiosa dote. No era una boda por amor. Era una decisión política.
lLo que nadie esperaba era que, en una época en la que los matrimonios eran contratos y donde el afecto apenas hallaba espacio, naciera un amor verdadero.
